Glabalísaishon

Restaurante Catalán en Canao. Para que vea Manabí… es que es muy cosmopolita

Un narizón con mohawk

Este texto fue escrito para CINECUANON III tercera muestra de cine Ecuatoriano en Barcelona, un proyecto en el que trabajamos en la A. cultural “LA QUINTA PATA”  y el consulado del Ecuador en Catalunya. Si están en Barcelona vayan hemos trabajados para traer buen cine más info aquí.

Lo hecho por otros, ejecutado, perfecto, en el sentido de concluso, se adelanta hacia nosotros con una unción particular: aparece como consagrado, y, puesto que no lo hemos labrado nosotros, tendemos a creer que no ha sido obra de nadie, sino que es la realidad misma.

José Ortega y Gasset

El tema de nuestro tiempo 1923

En lo público me adscribo completamente a mi generación. La de los niñatos malcriados que se ríen de la ingenuidad de tiempos (o no) peores, olvídenlo, no hay manera describirnos sin que suene anticuado. Mi generación la llevo en la crisis en la que me pone mi sueldo cada fin de mes, las etiquetas que he usado y despojado; en mi estética de la última moda de marca europea con maquila vietnamita. Esta generación entrante, cumple con las reglas del juego y no tiene el privilegio del reflejo, cualquier cosa que se diga de ella se convertirá al tocar el aire, en cliché. Es más saludable vivirlo.

Carla Valencia en su documental “Abuelos” entabla una conversación entre generaciones con la única arma posible en estos tiempos de melodrama y realities, la honestidad.

“Cuando yo tenía 16 años mi abuelo me dijo, tú no te vas a morir nunca, yo estoy descubriendo la inmortalidad”.

El otro abuelo de la autora fue asesinado en el campo de concentración de Pisagua en la dictadura militar chilena. Ya de entrada se puede percibir que cualquier persona de una generación tan beat y post-moderna va a fruncir el ceño ante este tema tan anti-post: los setentas en Latinoamérica; pero la familia no nos la podemos inventar -o, sí- y una cosa que en el trailer puede parecer una fantástica coincidencia, resultó ser la plataforma para descubrir mi más profundo patrioterismo y esto yo nunca lo había sentido.

Toda mi vida estudiantil crecí con el antiguo mapa del Ecuador, me hacían dibujarlo en los cuadernos como portada de la clase de Geografía; era la silueta de un perfil de nariz aguileña con una triangulo, lo que se puede interpretar como un mohawk, para atrás. Solía pintarlo en dos colores y yo pensaba que era porqué la amazonía obviamente tendría que ser de otro color. Pasaron los años, se firmó la paz, hicimos fiesta, nos reconciliamos con los peruanos y empezó a circular un nuevo dibujo de este narizón, esta vez rapado por todos lados. Yo ya no estaba en la escuela así que no sé si ese día hubo una reunión de alumnos en los coliseos o si se dijo algo en los minutos cívicos de todos los colegios, solo sé que un día en todos lados, silenciosamente, estaba el nuevo Ecuador y era la mitad de lo que a mi me habían contado. Ante esta imagen no es sorpresa encontrar una generación que duda más que ninguna otra del territorio y de todo lo que trae ese concepto. Es aquí sobre esta idea, que me encuentro con Valencia como espectadora y agradezco su trabajo narrativo.

Su abuelo Remo científico autodidacta, y su abuelo Juan, chileno militante del partido comunista, dialogan entre ellos a través del documental y delimitan el territorio por el que Carla se construye. El cine documental en Ecuador se está convirtiendo en este catalizador, parece ser que la realidad no es cruda y violenta sino que da la impresión de ser inexistente, pero no lo es, alcemos el puño “la realidad existe” y lo ha hecho desde siempre. Ortega y Gasset en su estudios sobre los las generaciones y los movimientos de éstas concluye que toda generación fluye de la anterior, se muta y la reniega. Las generaciones tienen un factor sorpresa que estalla, somos el país de los mil mapas, por eso no estamos obligados a que nuestro origen sea nuestra “patria” o al menos que alguien nos imponga qué encierra esa patria. Me gusta esto de que nos estamos atreviendo a ser realidad, aunque no me guste mucho que lo proyectemos como ser “ecuatorianos”; me parece mejor empezar por donde empezó Carla Valencia y otros directores que hacen este cine, por un lado más intimo. Yo también tenía un par de abuelos memorables, y uno de ellos decía de vez en cuando una frase que me ha ayudado a sobrevivir todo mi estrellado camino por la ficción y la identidad, lo decía después de contar una noticia: hablando sobre su versión de los hechos sentenciaba “Mitad que me contaron y mitad que me imagino”

 

Despedida de Soltera

María Moliner con un caganer catalan.

Porqué éramos solterones felices además eran las fiestas patronales de Barcelona y  cayo un aguacero que nos puso en evidencia terminamos finiquitando la cosa donde la comenzamos: en la casa de uno de nosotros de espalda a la Sagrada familia y haciendo una apología al merengue como género musical. Se acabo el Cava y vino el Gin, la novia se tomo el agua tónica y me dejó jodida teniendo que cambiar a ron a pepo y sin hielo. La cosa estaba densa ya habíamos pasado a cosas heavies estábamos escuchando Mocedades y gritando amor de hombre cuando llegamos al punto en el que se ven los borrachos de los sobrevivientes. Yo todavía no sé de qué lado estaba, pero fue la novia la que empezó la discusión sobre las lenguas. Ella como protagonista de la noche ya nos había cantado nuestras cuatro verdades pasando por cuanto nos quería y además nos estaba obligado a poner Julio Jaramillo en el spotify. La novia mueve la cabeza mientras habla, magnánima sus palabras con un pequeño temblor imperceptible que palpita en el acento de cada palabra, ella como muchas otras personas tiene aprecio por Manabí y de ese cariño construye esa bella imagen que tiene mucha gente de la tierra de donde es mi familia. Es verdad que Manabí es un lugar encantador, pero también es una tierra azotada por las estupideces de esas que se suele esconder tras el autobombo, yo siempre he sido un ingrata con mis patrias pero me parece que pecamos mucho de conformistas y que precisamente somos un pueblo que se celebra y repite mucho, para lo malo y para lo bueno.

Así que en la mitad de la sala a las cuatro de la mañana, llego la lengua manaba, este “dialecto” (aunque llamar así a una lengua por estos lados es una falta de caché) libre de academias, virgen, vivo y honesto. Yo que siempre había pensado como la novia, aunque me he documentado sobre la batalla del “uso” contra el sistema y las leyes y que llevo la defensa  del uso ante todo como defiendo a un personaje antes que cualquier regla física, gramatical o civil; esa noche me le abalance a pelearla fue un espasmo y entendí que el Manaba si necesite una gramática, que se la catalogue y se la normativice porqué se me ocurre que sería una de las maneras en las que podríamos ponernos en evidencia  para entender practicas absurdas o al menos catalogarlas como absurdas para mejorar. La gramática es un arma, no una forma de exclusión, tenemos que conquistar el método… ¿chuchatumadre quien se acabo  la tónica si quedaba media botella? … yo , valí verga , perdón.

Todos sabemos lo difícil que es traer la sabiduría que nos invade en la borrachera al mundo real, pero desde esta noche no he dejado de pensar en los matrónimos, los estados civiles y su gramática. Siento que debo dejar esto por escrito solamente para plantarlo en mi memoria cuando pasé el chuchaquí, vamos a hablar de amor y de diccionarios de lo que me ha enseñado está gente hermosa, yo que siempre he pensado que el matrimonio es una forma violenta de posesión, dejo que todo se venga abajo con una bellísima manera de desobedecer, una trampa perfecta una buena manera de irse contra la ley, contra uno mismo y ponerse tacones y si hace falta bailar las grecas, entregarse es ejercicio solo le pertenece a la libertad.

Trailer

Es inevitable  al ir cumpliendo años eliminar de la lista profesiones de esas que a uno le dijeron de niño que podría ser. Un ejemplo clarísimo: cumples 25 años y no has desfilado por ninguna de las pasarelas de las capitales de la moda; ya puedes ir haciendo un examen de conciencia, despedirte de los Balenciaga gratis y de la semana de moda en la Cibeles. No, no vas a ser top model por muy buena y apta que estés. Mejor que te lo diga alguien anónimo en un blog que alguna de esas tías crueles que van a visitar a tu madre y que de paso te dicen que has engordado. Lo mismo pasa con los deportistas de elite, tienes 28 años, dejas tu trabajo de Project Manager y recién te vas a poner a entrenar para el equipo de natación, a lo mejor eres fuerte y el mejor de tu gimnasio pero vas tarde. Las otras personas que compiten en las olimpiadas tienen un camino largo de una adolescencia zanahoria madrugando para entrenar. Cuando los entrevistan dicen que entienden que su vida no es normal pero que ha valido la pena. Yo creo que no tienen manera de saber si ha valido la pena, como no hay manera para nosotros de saber que se siente ser un deportista de elite, en este punto.

Claro que habrá  ejemplos que algúnsacado de http://www.revistaviajar.es simpático optimista  que muy amablemente nos exponga cuando tengamos estos ataques de honestidad en público,  después de todo, la esperanza es un factor importante en nuestra supervivencia, pero seamos realistas la cosa se complica y se complica especialmente cuando cumples 30 años. A mí me pasó, yo tenía una teoría ilusa de que había elegido bien la escritura. Yo de pelada tenía claro que quería ser arqueóloga y escritora; todos en mi entorno sabían que yo iba a ser escritora porqué no había manera de que, en mi torpe anda , me suba a un árbol sin caerme. Fui viviendo con esa certeza y además con paciencia: no pasa nada que no sepa puntuar eso es lo más difícil lo aprenderé con el tiempo, no voy a cobrar ya que aun no soy buena ni conocida, voy a emborracharme con los escritores de mi generación y nos vamos a escribir cartas larguísimas y bellas sobre nuestro arte, también nos pelearemos, estudiaré letras (aunque la verdad es que estudie ciencias sociales)  voy a viajar para conocer el mundo y poder escribir, voy a vivir de la escritura, voy a ser más pobre que una rata (guiño a una novela del Javier Cercas en la que siempre decía esto y que justo leí en esta época de mi vida por lo que me quede totalmente identificada) voy a vivir mi ciudad desde las tripas, voy a colarme en los buses, el metro y robarme los libros que me gustan, voy a llevar una libreta con apuntes y un diario, y sobretodo no voy a recurrir al recurso de la enumeración para escribir, ya que ese es un vicio muy ochentero. Lo tenía clarísimo, un escritor a los 24 es un pelado, no hace nada. Se tiene que cumplir 60 para ser un crack, estaba todo calculado y en el cada día he tenido presente mi proyecto en todas las mañanas.

Es decir, no sé como chuchas llegue a este punto.

Se puede decir que fue eso de la pobreza, pero no siento que he vendido nada en el camino y sin embargo llevo un par de años que no escribo un texto decente, no logro terminar ni un cuento, ni me gusta mínimamente nada de lo escribo. Estoy en el vilo de dejar mi niñez de “deportista de elite” o quizás ser escritor es una huevada más complicada y menos romántica de lo que me imaginaba.

Hemingway, uno de mis grandes amores platónicos dice una frase hermosísima sobre cuando uno se queda parado, el se calmaba diciendo:

All you have to do is write one true sentence. Write the truest sentence you know.

Me voy a tomar la vida desde sus partículas, iré oración por oración. Sujeto, verbo, predicado. Esos son mis orígenes, los incorporo a mi presente, no me quejo de esta vida “aburguesada” estoy en paz y no voy a llorar porque tengo 30 años estoy viva y ahorro para que mi cuerpo no sufra. Por las tardes a veces llego muy cansada del trabajo, la cerveza engorda demasiado y ya no me gusta el whisky barato. He llegado a este punto sin planearlo  y no soy la nueva Basquiat de la literatura latinoamericana, créanme me he enamorado de un par de Warhols, pasó a los siguiente.

 

Blame it on Borges

Tenemos una cruz que cargar: No existe nada nuevo bajo el sol.

Humanidad metete tu Make it new por el culo. 

Todos los libros están escritos pero nosotros no hemos leído ni la cuarta parte

Salud por la literatura japonesa.

 

Eisègesis *

No se bien si los inicios de cada persona marcan su rumbo. Recuerdo claramente el día que supe que tenia que escribir, mis padres tenían una discoteca en Manta como trabajaban de noche habían adecuado su habitación para dormir de día, sin querer crearon el cuarto mas gogotero de la calle 17 (Manta es como New York, numerada) con paredes grises, alfombra obscura, foco de muy poco voltaje y una puerta que lo único que le funcionaba era el seguro. Ahí escribí mi primera historia, tenia nueve años. Se trataba de un nieto y su abuela, de ciudades divididas, como casi todo lo que he llegado a tener en esta vida, perdí ese texto en algún descuido.

Con la llegada del llamado de tripa, llego mi amor por los libros.

Debo reconocerlo no entre por la puerta grande a la literatura, a la vuelta de mi casa había una librería que se llamaba “Vida Nueva” (ahora creo que es un joint que pregona la literatura que ama al señor…) ahí tenían una sección bastante amplia de literatura infantil; la colección de Torre de Papel era mi preferida. Los libros que mas recuerdo oscilaban entre niños que perdían su ombligo, un benefactor de piernas largas, una niña secuestrada que escribía cartas, lunáticos con hermanas llamadas libertad, adictos al chocolate, cazadores de nubes y sí, las Gemelas de Sweet Valley. En mi defensa declaro que la escuela era un lugar hostil y esa era mi única referencia literaria para ser chévere.
No recuerdo bien si en ese tiempo fue que llego esa colección que me presento el mundo, mundo que aun no tiene ninguna compasión conmigo. Disculpándome por no decir la casa editorial, hace unos diez años salieron una colección de comics que recopilaba, de una manera magistral, clásicos de literatura, eran a full color, papel couche y en español. Por esa colección conocí a Moby Dick, Lazarillo de Tornes, Viaje a la Luna, Don Quijote (mi favorito) Una Canción de Navidad, 2.000 leguas de Viaje Submarino. No puedo dejar de nombrar la edición ilustrada de Las mil y una noches que había en mi casa, ese libro gigante en el estante mas alto donde mi mama, con los cachetes rojos, lo había escondido cuando me encontró revisando detenidamente la orgía en la que le habían puesto los cachos al rey persa ese que indignado lo olvido todo en la boca deSherezade la cual recopilo a mejor antología de la historia. La enciclopedia de los gnomos, enmarañada por mi hermana menor.
Nunca respetamos los libros, los llevábamos a todos lados, los leíamos, los cambiábamos por cosas de menos valor, los revisábamos peligrosamente con un helado amenazante derritiéndose en nuestras manos, aportábamos con colores, con curiosidad impertinente.
No pienso que uno es mejor por las cosas que lee, ni que la TV te hace bobo (yo soy adicta a la TV y eso no prueba nada pero procuro no decirme boba indirectamente). Todos tenemos un buen recuerdo con nuestros primeros libros, me queda la duda que si nos hemos hecho peores o mejores lectores.

Luego vinieron con “perfect time of Arrival” la MetamorfosisHesse y suDamiánlos cronopios, pero yo ya era otra. Ya pensaba que me las sabia todas y estaba buscando ayuda para sobrevivir la post edad del burro.

Deposite en las cajitas su primera vez en los libros, ya que las primeras veces están tan de moda en esta batalla mediática.

* palabra proporcionada a mi vocabulario con el auspicio de Nashira.

Los exploradores (escrito por Don Baucis*)

Sólo la noticia de su muerte revivió el recuerdo de Julia Orlando. Luego del entierro, apenas escampó y estuve seguro que no me encontraría con nadie, volví a la finca en que se asiló y no había cambiado en cuarenta años. Abatido por su ausencia, me quedé en la entrada para no encontrar intactos los cercos de árboles, la maleza tupida, el terreno fangoso y la casa que nunca vi de cerca. La casa en que vivió es decrépita y el jardín recóndito ya en mis primeros recuerdos; los desvalijadores de barrios pobres se decepcionaron, porque dentro dieron sólo con pertenencias más miserables que las propias. Después los niños convirtieron el jardín salvaje de la Orlando en terreno de juegos; como lo hicimos nosotros, sólo que amenazados por quien nunca se dio a conocer ni dejó que nos acercáramos. Ese espacio abandonado no sería el campo de nuestras exploraciones al acecho sigiloso de su mirada; jinete admirable, disparando cerca y fallando a propósito, todo porque sí, como si esperara que llegáramos para que ella pudiera hacer lo único que quiso en vida: guardar un secreto.

La enterramos sin ceremonias en el Cementerio General, ante un juez gris que se guardaba de la lluvia con un periódico abierto sobre la cabeza y los sepultureros que se rompían la espalda echando tierra al pozo de lodo, dentro del que había desaparecido el cofre marrón que le compré. Vi todo desde el arco del portal del cementerio, mojándome porque la estructura no me protegía de la lluvia lateral. Regresé a la tienda poco después que el juez volviera a su despacho y los sepultureros se cansaran de apisonar suelo falso. Llovía menos, pero la cuneta sobre la que emprendí el camino de regreso ya estaba enfangada. El fango me recuerda a Julia. Esa tarde en la tienda se habló de ella a través del espejo de la muerte. Es verdad que no le interesó la proximidad del mundo y prefirió lo contrario; sembró árboles en sus terrenos escabrosos, recanalizó el río para empantanar las tierras y dio libertad a la maleza para que copara espacios y devorase en silencio.

A nadie le importó confirmar los motivos que tuvo Julia Orlando para aislarse. Junto a sus capataces montaba guardia a toda hora en busca de merodeadores a quienes hacía disparos de advertencia. No recuerdo que entre nosotros haya habido alguien que llegara a las inmediaciones de la casa, el miedo impuso distancias, cualquier intento de internarse paraba en seco con un balazo que moría apagado en el fango a nuestros pies. Nos contentábamos con pasar la noche en los lugares que conocíamos mejor y en los que aprendimos a ocultarnos para ver a Julia y sus hombres buscarnos como si no supieran dónde estábamos. Cuando corrió la noticia que ahí no había nada para robar y los últimos exploradores de su solar crecieron, fue como si Julia no hubiese existido.

Dejé de frecuentar sus predios cuando empecé a trabajar en la tienda. Me contaron que las pocas veces que aparecía, no la acompañaban cinco jinetes con fusiles como de joven comprobé, sino un peón viejo armado de cuchillo y cayado, ambos acechando las sombras que faltaban entre la maleza y la hiedra parásita de nuestros escondites. Desde que se quedó sola en la finca no salió a hacer la ronda por su cuenta y riesgo. En general salía poco. Sobrevivía cazando aves migratorias, comiendo verde o maíz tostado; hubo quien le adjudicó un protector urgido de culpa que le enviaba una pensión; otros decían que su suerte era sobrenatural. Nadie se atrevía a darla por muerta. Era de las personas que se estancan en una edad y la aparentan el resto de sus vidas. No se presentaba seis meses o dos años y cuando menos, aparecía de ninguna parte con dinero corriente en la tienda de abarrotes y se llevaba provisiones de harina, cereales y conservas para decenas de personas. Yo la ayudaba a embarcar todo en una carreta jalada por una yegua, también sin edad. Julia tomaba el camino hacia el este y seguía penosamente a campo traviesa hasta que la tragaba la espesura de la vegetación de su finca. No me daba cuenta del tiempo transcurrido, ni que la tienda se llenaba de artículos importados, que empedraron la calle y que luego la asfaltaron, que ya no vendía tantas velas ni lámparas de aceite, salvo cuando llegaba Julia y me pedía artículos que salieron del mercado. Nunca hablamos, pero así nos hicimos amigos auténticos, aunque sólo mientras revisaba el pedido, lo actualizaba de cualquier manera y subía todo a la carreta.

Cierto mediodía de domingo con poco movimiento, la escuché llegar cuando el motor del interprovincial se opacó a la distancia y la carretera se sumió en una pausa. A la distancia, la luz plana y potente la convirtió en un espejismo de la capa asfáltica. Montaba rígida e inexpresiva sobre el asiento de la carreta; la sequedad de su gesto se transmitía al compás monótono de su yegua. Los del pueblo eran demasiado jóvenes como para saber algo de ella o recordar las historias con las que crecí. Julia sostenía las riendas por fuerza de costumbre; hebras libres de cabello ceniciento le caían sobre ojos, sólo dejaban ver un poco del mentón pálido. Despaché aprisa el cliente que estaba atendiendo, era el único ese momento, de modo que me quedé solo en la tienda. Esperaba cada llegada de Julia, pero también me indisponían; una mirada suya, la revisión de los los enceres, cargar la carreta mientras ella contaba los billetes nuevos con los que me pagaba y escucharla agradecerme cuando fustigaba a su yegua con un golpe de rienda para partir, era enfrentarme al misterio que nos guardaba de la muerte y estaba prisionero y estancado en su finca impenetrable.

La yegua se detuvo –conocía el camino de memoria– pasé un limpión sobre el mostrador y me acodé a esperar; en medio de ese recogimiento y en contraste con el calor del mediodía, escuché que el motor de las congeladoras arrancó y que el aire acondicionado soltaba gas frío. Julia Orlando, sin mirar a otro lado que no sea el punto invisible entre sus pies y la grupa de su yegua, suspiró como si hubiese encontrado algo. No bajaba; ya había tenido que ayudarla a descender de su asiento o a sostener la puerta abierta desde que la edad la volvió lenta y débil. Antes de acercarme, tras la puerta del local cambié de opinión. Aun cuando era temprano, di vuelta al rótulo de cerrado y giré la perilla para echar seguro. No quería salir hasta que refrescara, menos a esa realidad sin secretos que la yegua memoriosa olfateaba intranquila.

Don Baucis amigo de este blog (segundo texto posteado es de el) y mio, nunca comenta y creo que nunca lee (aunque me jura que si) , en todo caso es un buen lector disfruten mucho de su texto inspirado en mi queridisima abuela (aunque no es mi abuela eh!) . 

La Vuelta al Papel (Escrito por Alvarete)

Escrito por el one and only @alvereteg 

Luego de ojear el contenido de esta revista, me siento obligado a proporcionar a los lectores que han preferido dedicar su tiempo a leer mi artículo algo de entretenimiento. No es fácil competir con algunos de los artículos de esta revista, sobre todo cuando mi mejor cualidad, frente a los ojos de los desconocidos, es tener un nombre que empieza con la “A”. Alfabéticamente, es una bendición, y si todos nos rigiéramos por tan estrictos cánones de orden, no tendría que preocuparme por atraer su atención. Pero dado que es fácil asumir que las exigencias irán más allá que una simple cuestión de letras, me conviene darle un poco de peso a mis palabras. La idea original era un título con signos de interrogación, algo con una cierta finalidad, puntualizado dubitativamente, a modo de gancho. Y menos pérdida de tiempo, eso es definitivo. Pero la costumbre se interpuso en mi camino, y terminamos en esto:

La inevitable introducción.

Que manera más fácil de ahuyentar a los lectores. Ahora que la mitad de ustedes han pasado la página, tratando de ahogar sus penas con el crítico de turno, puedo hablar con más soltura. No espero que sepan quién soy, pero les contaré un poco de lo que he hecho: durante los últimos tres o cuatro años, pasé de ser un colaborador eventual de revistas y periódicos varios a un colaborador dedicado de blogs y magazines de internet, probablemente antes de que todo las hordas salvajes invadan el ciberespacio con sus páginas personales dedicadas a las increíblemente aburridas minucias de su vida diaria. Y, a pesar de la mala fama que ese movimiento ha traído al “online journalism”, no se me ocurrió nunca volver a escribir para medios tradicionales. Las ventajas del internet son muchas: el feedback de los lectores (para bien o para mal), los hipervínculos, la facilidad de publicación, la ausencia de límites de espacio… A pesar de todo esto, ha llegado el momento de dar media vuelta y darles una segunda oportunidad a los medios tradicionales…

No estoy aquí para menospreciar a los cientos de miles de personas que se pelean por darse palmadas en la espalda unos a otros y decirse “¡Tu blog es lo máximo!”. Es más, subestimar la masificación de la tecnología sería, por decirlo de manera elegante, una estupidez. Lo que yo estoy dispuesto a aceptar es que la homogeneidad que se espera de una publicación en toda regla es algo imposible de lograr en un medio anárquico como el internet. No digo que sea algo imposible de lograr con los nuevos medios, pero es fácil mirar en nuestro entorno y ver que todos los esfuerzos por lograrlo han terminado en rotundos fracasos, y siempre la música de fondo era “Mucho dinero se fue al tacho”. ¿Es una revista nueva una apuesta segura? No, pero si esto fuera un casino, mi dinero no estaría sobre la nueva publicación virtual. En las palabras del Pasajero 57, “Always bet on black”.

Nada me gustaría más que poder prometerles algo más entretenido para la próxima columna, pero probablemente será algo así, marginalmente relevante al tema en cuestión. Pero como el triunfal recorrido de Seinfeld por la televisión nos demuestra, a veces las cosas más tangenciales son las más satisfactorias.

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